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Mi vecino

Desde hace unos dos meses, tengo un nuevo vecino

Foto: brazzers.com

Llevo tiempo viviendo en el mismo sitio y desde hace unos dos meses, tengo un nuevo vecino. Un vecino que está tremendo. Lo veo muchas veces por las ventanas porque le encanta ir sin camiseta por su casa… y yo que se lo agradezco. Tiene un cuerpo normalito, se ve que algo de deporte si que hace. Es alto, con pelo corto, moreno y los ojos marrones. Luego por tatuajes es lo que más me excita. Tiene una especie de brazalete tribal o celta. En el hombro tiene otro y por el resto del cuerpo, en ese momento no sabía, ahora sé que tiene algún otro. Una especie de bruja, meiga o algo así en el tobillo.

Todo ocurrió porque ya alguna vez hemos coincidido por las ventanas… cruce de miradas indiscretas… vale, pillada mutua de voyeurs. El caso es que en estas pilladas, con una sonrisita y alguna frase tonta de romper el hielo y saludo, se zanjaba el problema. Lo que era inevitable fue coincidir en las zonas comunes. Un día coincidimos sin esperarlo en el portal. Yo saludé como hago normalmente. El susto vino cuando se dio la vuelta y vi que era él. Yo me quedé paralizada, hipnotizada por su mirada y su sonrisa. Él se sorprendió también al verme, pero menos que yo. Me contestó y pulsó el botón del ascensor. Esos segundos de silencio mientras bajaba el ascensor se me hicieron eternos. Más aún, cuando él no dejaba de buscarme la mirada. Entramos en el ascensor y yo pulse el botón de la planta rápidamente. Él al verlo, cayó en quién era yo y de sus perfectos labios carnosos salió la frase de: “¡Oohh, no te había reconocido, vecina de ventana!”. Aun con mis años y experiencia, no pude evitar ruborizarme de los nervios y por la situación. Yo respondí un poco vergonzosa y evitando mirarle… que sí, que era yo. Él se sonrió y me preguntó por qué estaba tan colorada. Yo respondí que era por el calor.

En esas, el ascensor hace un ruido extraño y notamos como que se para. Probamos de nuevo a pulsar los botones y nada. De repente una voz femenina se presenta como la asistencia técnica y nos comunica que les ha saltado una alarma. Le respondemos que estamos bien y nos da unas indicaciones para no entrar en pánico mientras llegan los técnicos de mantenimiento para sacarnos. Igual que surgió, su voz se desvaneció tras despedirse, nos quedamos solos de nuevo y en silencio. Silencio que fuimos rompiendo preguntándonos sobre nosotros. Entre preguntas, no pudimos disimular mutuamente el deseo sexual y él terminó aceptando que les encuentra cierto punto a las mujeres mayores que él. Yo le propuse medio en broma que nunca lo había hecho en un ascensor y que no me importaría matar el tiempo de espera así. Él reaccionó de forma imprevisible… se acercó a mi cuello y me susurró: “No sabía cómo ibas a reaccionar si te lo proponía yo”. A lo que yo le respondí: “Baja y compruébalo tú mismo”.

No dudó y me bajó los pantalones y las bragas. Al ver mi coño, lo primero que exclamó fue: “¡Oh está peladito!”… y después de una lamida añadió: “Mmmm… jugoso y sabroso”. Yo sonreí y le contesté: “Como la fruta madura”. Él dejó de prestar atención a mis palabras y se centró en mi entrepierna. Yo de pie, apoyada en una esquina del ascensor y él de rodillas en el suelo, demostró tener un gran don de lenguas. Pocos hombres de su edad me he encontrado que tuvieran ese control y habilidad con la lengua. Recorría todo mi sexo, clítoris, labios, vagina, ingles, incluso alguna vez se subía por el pubis. Rozando el orgasmo, le pedí que me penetrara… sin dejar de usar su boca, de repente sentí como dos dedos se abrían paso hacia mi interior. Entre jadeos y respiración agitada, le dije que me molestaban. Él sorprendido me respondió: “Eso estoy notando… yo pensaba que siendo madurita lo tendrías más usado”… a lo que yo le repliqué: “Siempre he sido de coñito estrecho y fuerte”.

Él a eso no contestó, pero sí que apartó su cara de mi vagina y empezó a follarme con sus dedos mucho más fuerte. Adoro cuando me lo hacen así y chocan los nudillos contra mi culo. Tanto, que estaba a punto de llegar al orgasmo… y llegué… pero a la vez que el chico de mantenimiento. De repente una voz masculina y algo juvenil interrumpió nuestro momento de clímax sexual: “¿Hola?… ¿Hay gente ahí dentro?”… De mis entrañas surgió un orgasmico sí. El de mantenimiento con tono asustado preguntó: “¿Y están bien?”… Yo seguí descargando mi orgasmo en forma de si. Lo repetí varias veces: “Si, si sii”… Lo siguiente fue la voz masculina diciendo: “Ok, no se preocupe señora que ahora mismo la saco, son dos minutos lo que tardo.”

Yo terminado mi orgasmo mire a mi vecino y tenía una cara entre cansancio y asombro. Para que no nos pillaran en una situación tan incómoda, le sujete la muñeca y le chupé con prisa y energía los dedos que habían estado dentro de mi. Su cara fue un poema pero no fue capaz de articular palabra. Mientras se escuchaban ruidos, me subí las bragas y el pantalón y me recompuse un poco. Como si fuera cronometrado, en cuanto estuve lista se abrieron las puertas del ascensor. El de mantenimiento se quedó boquiabierto. Mi vecino sudando y acalorado, yo todavía hiperventilando y con un ligero color rojizo en la piel, el espejo del ascensor completamente empañado y por supuesto un olor a sexo que comenzaba a inundar el rellano del piso. Según salí y sin darle tiempo a reaccionar al de mantenimiento, le espeté: “Llevo una racha que llevo fatal los síntomas de la menopausia, menos mal que estaba mi vecino ahí dentro para ayudarme en esta crisis… gracias por sacarnos”.

Tal cual, saqué las llaves de mi casa y entré. Mi vecino se quedó un poco más en el rellano explicándole cómo había fallado el ascensor y rellenando unos papeles que había que hacer. Eso sí, en cuanto terminó y se fue el del ascensor, pegó en el timbre para continuar lo que habíamos comenzado dentro, pero eso ya os lo contaré otro día amiguitos.

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Escrito por Toulouse

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