Me recuesto boca arriba, desnuda, con las manos cruzadas debajo de la nuca. El edredón está suave y frio. Paseo la mirada por el techo para no mirar la televisión, en donde una rubia de proporciones perfectas, se introduce lentamente la polla de un tipo pelirrojo y pecoso. Mis ojos siguen recorriendo la habitación hasta el espejo que tengo a los pies de la cama, donde observan curiosos las desconocidas plantas de mis pies; detrás de ellos, me encuentro yo y mi timidez.

En una esquina, Veronica con sus braguitas negras escondidas en la raja de su culo. Me atormenta mostrándome su espalda tensa y brillante mientras se quita el sujetador, como una hermosa pantera tallada en caoba. Se vuelve hacia mí, dejándolo caer encima de la silla y sus ojos de animal salvaje rompen el débil hilo que me une a la realidad. Se acerca sin dejar de sonreirme y sin dejar de mirarme. La fiera tiene hambre y yo… siento frío.

Las flores del edredón comienzan a estar mojadas y creo sentir la humedad como de escarcha, bajo mi espalda, cuando ella se arrodilla sobre la cama y gatea hacia mí. Sus pequeños senos se van acercando a los míos, a mi cara, a mi boca… y sus fieros ojos no dejan de mirarme y de sonreír. La fiera ruge. Me lacera los labios con los suyos, me muerde y me arranca el alma.

Alejo la goma de sus braguitas negras de su piel de pantera y sigue avanzando hacia mi boca dejándolas atrás, colgaditas de su tobillo. Mis manos apenas rozan sus nalgas, mis labios agonizan a escasos centímetros de sus pezones y yo creo que ya no respiro; no siento mi respiración, solo su aliento.

Intento ver el cuerpo que acaricio, que dibujo en el aire casi sin tocarlo reflejado en el espejo; pero sólo veo la pantera que me devora y se deja devorar. Intento poder vislumbrar en la línea oscura que hay entre sus dos muslos el color de la fruta que anhelo, su textura; y mis manos suben y bajan sobre el interior de sus piernas, por su espalda y me recreo por un instante en su nuca jugando con su pelo.
Sus pezones hace ya algún tiempo que bailan con mi lengua. Se deja caer a mi lado y lanza contra la pared las bragas negras. No puedo ver su sexo, pero sé que está mojado y me excita, me hace respirar alterada, a destiempo, como otro animal. En ese momento mi corazón se revela y quiere despegarse de mi cuerpo.

La chica rubia sigue dentro de la televisión, pasando una y otra vez su lengua por la polla del tipo pelirrojo; y la fiera, descansa tumbada sobre las flores mojadas del edredón, estudiando mis ojos, haciéndose preguntas de por qué no puedo apartar los míos de los suyos y quizás sepa, que yo también me hago preguntas sobre ella. Me da vergüenza compartir el mismo aire que ella, devorarnos sobre la misma hierba, en la misma selva. Me sonríe y sus dedos, de puntillas, bajan caminando desde mi pecho hasta mi sexo y los deja levitar sobre mi pubis. Olvido de nuevo el instinto básico de respirar; pero sigo mirándola a los ojos y ella sigue sonriendo. Sé que me está susurrando, pero no puedo oírla. Acerca su cara a mi coñito y lo acaricia con sus mejillas, cubriéndolo con su pelo.

– Me gusta tu chochita -susurra.
-¿Cómo dices?- pregunto, casi sin poder hablar; porque su acento me cubre por completo.
-Me gusta mucho….

No acabo de comprenderla bien. Cualquier intento de comprensión es inútil cuando sus labios rozan mi clítoris, cuando deja pasar tan lentamente la puntita de su lengua sobre mis ingles y deja caer su aliento dentro de mi rajita.

-¿Te gusta?

Levanta la cabeza, me mira y me sonríe. Adivino que está pensando algo. Se me antoja que la conozco de siempre; que hemos nacido solo para disfrutar esa noche y después morir, desaparecer en la selva.

-¿Podríamos vernos otro día tu y yo?- pregunta con su acento de fiera- Vernos mañana en otro lugar.
– Si – y sigue intentando hablarme en castellano.
– ¿Tú puedes? – pregunto.
– Si – y sus ojos brillan contentos.

Se incorpora ágilmente colocándose de rodillas sobre las flores; mostrándome por primera vez su cuerpo completo.
Dibujo sus pechos con las diez puntas de mis dedos. Juego a trazar diminutos círculos en su vientre pequeño, cada vez más cerca de su ombligo, para deslizarme después en línea recta hacia su pubis y perderme entre sus rizos. Mi mano se abre hasta abarcar sus dos ingles y ella echa la cabeza hacia atrás, tiembla y no sé si está susurrando o cantando. Su pelo le acaricia la espalda y mis manos siguen dibujando sobre la delicada piel del interior de sus piernas. Puedo sentir el calor que emana su sexo.

Se acaricia los senos dejando caer saliva de su boca, que reparte sobre su cuerpo y el mío. Ahora más que nunca parece de caoba y pierdo la vergüenza y el miedo sumergiéndome de lleno en la lava caliente y viva que comienza a resbalar por el interior de sus muslos; como la sangre que resbala por su barbilla mientras se muerde los labios y la que hace brotar de mi brazo, clavándome sus uñas.

Con rabia, me arrastra hacia ella, haciendo que me incorpore de golpe. Me acerco a su cuerpo, de rodillas, sobre las flores, hasta que nos encontramos y la puedo sentir entera. Mis latidos se confunden con los suyos; la sangre de sus labios se funde con mi saliva y puedo dibujarla completa. Me aparta a un lado y sin dejar de susurrar su mágico canto, su bella oración de gemidos, la metamorfosis culmina y la fiera, a cuatro patas, me tienta con su culo balanceándose al ritmo de sus jadeos, mirándome con rabia y odio por no haber apagado todavía su fuego, escupiéndome insultos que a mí me siguen sonando a susurros y oración, a vudú.

-¡Vamos zorra… chúpamelo todo… fóllame! – pero yo no quiero… no puedo…

Me hipnotiza la flor rosa que se deja entrever entre sus nalgas arqueadas, entre sus muslos completamente mojados. El oscuro orificio de su ano parece que respira al mismo compás de la música que generan nuestros cuerpos, con la misma cadencia con que la rubia de la televisión salta con saña sobre la polla del pelirrojo. En ese instante, con toda mi sangre fría, lentamente y con sumo cuidado, introduzco mis dedos en su coñito como si me sumergiera en ella, sin prisas, con la mayor delicadeza. En menos de cinco segundos, sin llegar a estar dentro por completo, nos transformamos en Diosas… en las diosas de nuestros antepasados más antiguos y salvajes….