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Madres en la piscina

Qué hay de malo en disfrutar del sexo?

Varias madres en la piscina. De reojo, controlan a los niños. En cualquier momento una puede salir lanzada a socorrer un porrazo. Eso les hace mantener cierta tensión en medio de la conversación sobre sus hijos.

Al rato entran en el recinto tres hombres más jóvenes. Unos treinta años. Una de las madres, que lleva rato callada, contempla durante unos segundos el paquete del más alto como si quisiera averiguar algo sobre la polla que oculta el bañador. Otra, Ana Laura, advierte esa mirada, observa los ojos hambrientos de su amiga sin que ésta se dé cuenta, y se muerde el labio para no decir una maldad. Luego, poco después, cuando una tercera madre comenta lo musculoso del trío de hombres, Ana Laura interviene: en Internet ha leído algo sobre lo que las personas piensan justo antes de morir; la mayoría no se arrepienten de lo que han hecho, sino de lo que han dejado de hacer; a ella le gustaría hacer cosas que hasta ahora no ha hecho, afirma, y las demás entienden que le gustaría follarse a alguno de esos hombres. O a dos. O a los tres. A saber. Y no se atreven a pensar si de uno en uno o, qué escándalo, a todos a la vez. La miran estupefactas y alguna la imagina follando con un desconocido mientras se pregunta cómo es compatible ese deseo con el de seguir llevando una casa, cuidar niños, convivir con un marido y acudir todas las tardes al colegio.

Aquella que ha mirado el paquete del alto opina, con displicencia, que lo que ha leído Ana Laura es solo teoría, pero que hay que estar a lo que hay que estar. La reacción incomoda a Ana Laura, que se encoge de hombros, calla y se sume en sus reflexiones. Le gusta follar y le gustaría hacerlo con más frecuencia y sin cortapisas, sin dar explicaciones. Disfrutar. Solo eso. Disfrutar sin más. Correrse sin miedo cuando le apeteciera. Como loca. Cuando y como quisiera. Con quien quisiera. ¿Qué hay de malo en disfrutar del sexo? Ella sabe gozar, pero lo ha practicado mucho menos de lo que desea. Cuando practica sexo disfruta tanto que fantasea con hacerlo a la vista de alguien para poder ser admirada, contemplada, para fascinar a la gente y excitarla. Cómo se pondría de caliente ese público. Y cómo se excitaría ella excitándolo. Qué orgasmo. Un poco después las tres amigas alinean las tumbonas y se ponen a tomar el sol en silencio.

Bajo las gafas de sol, Ana Laura observa a los tres hombres. Conversan sentados justo enfrente, al otro lado de la piscina. Si ladea la cabeza ve, a su derecha, a la que miró el paquete del más alto. También se ha puesto gafas de sol, pero Ana Laura ignora si está con los ojos cerrados o mirando a los tres. La cabrona también tiene buenas tetas, pero parece que solo las quiere para lucir modelitos y que se las sobe el aburrido de su marido, que seguro que ya se las sabe de memoria y se las toca con la misma rutina del que saca a pasear el perro. Ella siente las suyas, bajo el bikini, y las siente vivas.

En estos pensamientos, una repentina oleada de sopor le hace ver borrosamente la imagen de los tres hombres y la del lujoso chalet situado más allá, tras la verja que rodea el recinto de la piscina. Hace un rato las amigas han estado hablando de esa envidiable vivienda porque nadie conoce a los dueños y aunque está todo muy cuidado, siempre parece vacío. Víctima de un repentino duermevela, Ana Laura se ve a sí misma sobre la cama de un amplio dormitorio de ese chalet. Está desnuda, a cuatro patas, con las piernas bien abiertas y las tetas colgando. Detrás, un hombre, probablemente uno de esos tres, el alto, de pie, se la folla como un demente mientras ella se masturba hasta el delirio. ¡Qué pollazos! ¡Cada uno desde la punta del glande hasta los mismos huevos! Para piscina, su coño encharcado. Por estas cosas raras que tienen los sueños sabe -aunque mientras folla con ese hombre lo ignora, ¿cómo se entiende eso?-, que una mujer altiva los observa sin que se den cuenta. Esa mujer no aprueba lo que está espiando, la completa libertad de disfrutar, porque en otro caso se lanzaría sobre la cama con el coño empapado y los pezones suplicado bocas, y querría participar en la escena; pero, por otra parte, aunque desaprueba lo que ve es prisionera del deseo: no participa ni se atreve a intentarlo, pero no puede dejar de observarlos, ni de excitarse, y el miedo a abandonarse al instinto hace que se limite a masturbarse sin que la vean mientras con la mano libre se manosea las tetas. Ella, Ana Laura, la que valora la libertad de disfrutar, está follándose a un desconocido y se va a correr mientras los cojones golpean inclementemente su sexo. La otra, la que tiene miedo, se hace una triste paja viendo cómo ella disfruta, imaginando, suponiendo qué se siente al hacer lo que Ana Laura está haciendo.

El desconocido está como loco. Y ella también. Se van a correr. El ritmo es frenético. Tanto que el hombre la agarra con fuerza por el pelo, como para que no se escape, como para follársela desde el coño hasta la boca; luego le regalará el cielo si hace falta, pero en los próximos segundos la necesita en torno a su polla a punto de explotar. La necesita hasta que se corra. Y se corren. Entre gemidos tan altos que son alaridos de placer. Un chapoteo en la piscina forma en la somnolienta mente de Ana Laura el sonido de una polla entrando y saliendo de su coño rebosante de jugos y esperma. Y la mirona se estremece a punto del orgasmo, pretendiendo correrse con las piernas apretadas sin que nadie más lo advierta; ¡qué vergüenza en caso contrario!

Ana Laura, modorra, deja caer la cabeza a la derecha en la tumbona y, entre sueños, murmura sin advertirlo:

—¡Córrete!
—¿Qué? —su amiga se ha bajado las gafas lo bastante para mirarla con ojos atónitos. Cree no haber oído bien, y el tono alterado de su voz despeja a Ana Laura.
—Nada.

Endereza el rostro. Siente el sexo mojado y los pechos dilatados. De reojo, contempla con disimulo a su amiga. Está convencida de que sus tetas también abultan ahora un poco más. La dejará creer que ha oído mal, pero ha oído bien.

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Escrito por M. Darlen

M. Darlen

M. Darlen ha firmado las siguientes novelas y relatos eróticos: La Banda de las Mamíferas, Soñando a Clara, Sexo en la Puerta del Sol, Griego y la saga de Ana Laura y Marco con El récord y El trío. Todas ellas están a la venta en Amazon y disponibles en Kindle Unlimited. La Banda de la Mamíferas y El trío también están publicadas en tapa blanda. Todas estas obras han alcanzado puestos relevantes en las clasificaciones de Amazon en distintos países, incluyendo varios Nº 1.

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