Todo comenzó como un día de playa en pleno mes de agosto. Nos apetecía algo diferente. Un pueblecito chiquitín, con sus chiringuitos en la misma playita, sardinitas, pescaito frito, solecito, siestecita, poquita gente… y al atardecer… duchita, cenar alguna cosita por ahí y tomar algunas copas hasta que amaneciera. Así que cogimos el coche tempranito y las diez de la mañana ya estábamos allí. Playita apartada, casi nadie, tranquilidad absoluta. Éramos dos chicas y tres chicos, todos amigos y compañeros de trabajo.

Colocamos las toallas y mientras los chicos iban a darse el primer baño, me desnudé, me puse cremita protectora y me tumbé boca abajo a tomar el sol y dejar la mente en blanco… descansar. No era una playa nudista; pero no era la única persona en cueros. La verdad que la calita estaba tan apartada que debía de permitirse.
Y así estuve un ratito largo. Tumbadita, los ojos cerrados, pensando en nada, abandonada al susurro del mar y las voces de la gente, relajadita, tranquila, solita conmigo.

Al cabo de un par de horas, me giré para sentarme y ver que estaban haciendo mis compañeros. Abrí los ojos. Justo a mi lado habian dos chicas sentadas sobre sus respectivas toallas. Una de ellas desnuda y la otra en topless que me miraron y me lanzaron una sonrisa.

-Hola… soy Susy – dijo la rubita delgada.
-Yo soy Ana, somos amigas de Tony – uno de mis compañeros de trabajo.
-Hola… soy Zazel… no sabía que vendría más gente – me presenté.
-Vivimos aquí en el pueblo – dijo Susy – tenemos un pub. Nos dijo Tony que ibais a venir y nos hemos acercado a saludaros antes de entrar a currar.
-Pues encantada – respondí.

Y ya nos pusimos a charlar entre nosotras, mientras los chicos jugaban al vóley en la orilla.
Susy era delgadita, de mi edad, rubia, con media melena de un pelo liso y delicado, pechos pequeñitos y un coñito chiquitín cubierto de una suave pelusilla que apenas se apreciaba y que hacía parecer que lo tenía depiladito dejando ver una lindísima y apetecible rajita. Ana era mucho más joven. Tendría veinte y pocos. Grandota, alta y ancha pero muy bien formada. Pelo negro y largo y unos pechos grandes y duros.

Mientras charlábamos contándonos nuestras cositas, me iba excitando cada vez más con aquellas dos cositas lindas a mi lado sin poder dejar de mirar el delicado cuerpecito de Susy y los exuberantes pechos de Ana; y así, charlando, se paso la mañana. Congeniamos, nos caímos bien y se generó una atracción mutua entre Susy y yo. Se notaba en las miradas, en la forma de sonreírnos sin venir a cuento, en el no poder evitar bajar la mirada cuando estas se encontraban de frente; y sobre todo, se notó en la rapidez con la que acabamos las dos sentadas sobre la misma toalla, aprovechando cualquier movimiento, una carcajada, un rascarse un pie, para rozar nuestros cuerpos desnudos, para sentirnos ligeramente la piel sin poder evitar que se nos pusieran los vellos de punta, los pezones duros y notara entre los labios de mi coñito un calorcito húmedo, un hilito resbalando hacia mis nalgas.

Se hicieron las dos de la tarde. Nos vestimos y nos fuimos a comer a un pequeño restaurante que había en un paseíto que recorría toda la calita. Susy y Ana se fueron a su apartamento a cambiarse para ir a abrir el pub. Quedamos en acercarnos después de comer para tomar el café y alguna copita antes de dar una vuelta nocturna por el pueblo.
El pub estaba en el mismo paseo; a unos cien metros del restaurante. Susy estaba preciosa con unos vaqueros de talle bajo y super ajustados y una camisetita blanca de tirantes muy ceñida. Recién duchadita olía a frutas… a melocotón. Estaba para comérsela.
Nos sentamos dentro en lugar de en la terraza para hacerles compañía y poder seguir charlando mientras Ana fregaba vasos y Susy dejaba en condiciones la barra. Pedimos los cafés, unos licorcitos y entre risas, pasamos al whisky.

Entonces apareció Paula. No tendría ni siquiera los dieciocho años. Tremendamente alta y delgada; cuerpo de modelo. Rubia, el pelo largo y liso, un rostro delgadito y estilizado con cierto aire andrógino pero bellísimo, con pantalones de cuero abiertos a los lados de sus largas piernas, y un pequeño chaleco negro sin cerrar y debajo del cual tan sólo estaban sus diminutos pechos que en cualquier momento podían quedarse completamente al descubierto.
Entró al pub, miró a un lado y al otro y se fue directamente hacia Susy. Se dieron dos besos, besó a Ana, pidió un chupito de Jack y empezaron las presentaciones.

Era evidente que Paula era lesbiana. No lo ocultaba, ni tenía porqué. Y también fue evidente que se quedó conmigo cuando intercambiamos los dos besos de cortesía y sus manos se fueron a mi cintura y allí se quedaron unos instantes más de lo normal después de los besos, mientras sus ojos no se apartaban de los míos. Debía ser la novedad… la chica nueva.
Yo llevaba una camiseta de tirantes muy ceñida y debajo solo el bikini. Me excitó el estar tan casi desnuda, tan indefensa. No podía evitar pensar que Paula tan solo tenía que bajar un poquito más sus manos desde mi cintura para dar con mi culo.

En fin. Menos mal que no pasó la cosa de ahí en ese momento. Paula había ido al pub a avisar a Susy y Ana de que el cumpleaños de Javier, un amigo del pueblo, se adelantaba a aquella misma tarde. Por lo visto sus padres habían salido unos días de viaje y le habían dejado el chalet a su entera disposición; era el momento perfecto para celebrar un fiestón. Había que aprovecharlo; así que toda la pandilla se puso manos a la obra; y por supuesto, estábamos invitados.

Susy nos dejo las llaves de su apartamento y fuimos a ducharnos y cambiarnos. Cuando salimos del apartamento ya era de noche; una linda noche de agosto en un pueblecito mediterráneo. Las calles estaban a tope de gente paseando, el aire olía a mar, todo estaba lleno de luces, de comercios abiertos, de bares y terrazas, todo el pueblo parecía una fiesta.
Salimos del pub en varios coches. Susy adelantó el final de su turno para venirse con nosotros. Cuando llegamos al chalet me quedé alucinada; parecía la mansión de PlayBoy. Vaya pedazo de chalet. Jardines, piscina, un grupo de rock tocando en directo y un montón de gente; por lo menos doscientas personas. La fiesta hacía tiempo que debía de haber comenzado, porque ya había gente tirada por los suelos demasiado borracha. Nada más entrar, nos desperdigamos y nos perdimos entre la multitud; así que de repente, en un descuido, me encontré solita en medio de la fiesta rodeada de gente desconocida. Me pedí una copa y me dediqué a bailar y a disfrutar, haciendo alguna que otra nueva amistad de vez en cuando entre las ocasionales apariciones de Susy o de alguno de mis amigos.

Y fue pasando la noche. El ambiente se fue calentando. Comenzaron a aparecer las primeras tetas y las primeras parejas metiéndose mano en cualquier parte. En un momento que me acerqué al baño, me encontré con las primeras parejas follando sin pudor. Dentro del baño sorprendí a Tony recibiendo una estupenda mamada; así que me subí al piso de arriba a ver si encontraba otro aseo. Subí las escaleras y me encontré en un salón inmenso, con gente desnuda por todas partes, algunos ya dormidos. De una puerta, salió un chico desnudo, bastante guapo y bien parecido. Se acercó a mí.

-Tú… ¿quién eres? – preguntó.
-Zazel… amiga de Susy.
-Hola. Yo soy Javier… ¿qué tal la fiesta?.
-Genial. Por cierto… Feliz Cumpleaños.
-Jajaja – rió Javier – ¿quieres tomar algo? – me preguntó mientras cogía una toalla que había sobre un sofá y se la puso alrededor de la cintura cubriendo su poya.
-No quiero molestar – contesté.
-Estás en tu casa – respondió con una sonrisa mientras cogía una botella de vozka del suelo y buscaba un par de vasos.
En ese momento, de la misma puerta de la que había salido Javier, salió Susy.
-Zazeeel… ¿qué tal?
-Genial – respondí – vaya fiestón.

Nos sentamos los tres en un sofá, Javier sirvió tres copas y entonces me dí cuenta que ya había amanecido. La música había dejado de sonar. Se oían pájaros y silencio. Estuvimos tranquilamente charlando hasta que Javier se retiró a dormir. A Susy le apetecía tomar un poquito el aire y bajamos a la piscina. Había gente durmiendo por todo el jardín, muchos… desnudos. Los músicos estaban recogiendo el equipo. Nos acercamos, los saludamos y nos sentamos en el borde del escenario con nuestras copas y un cigarrito. Las dos muy juntitas. Nuestros hombros se rozaban y de vez en cuando nuestras piernas, intentando que el roce pareciera natural.

-¿Con quién has follado? – me preguntó Susy sonriendo.
-Con nadie.
-No jodas…
-En serio… es que ha pasado la noche muy rápido.
Y se iba apretando más a mí, mirándome más fijamente, sonriendo con malicia.
-¿Follamos? – preguntó de repente.
-Joder… toda la noche aquí y ahora me propones follar – me sentó un poco mal que me lo propusiera al final de la fiesta – ¿Qué tal con Javi? – pregunté algo celosa.
-Yo tampoco he follado.

Y su sonrisa se hizo todavía más traviesa. Se levantó, se colocó frente a mí, me tendió la mano, se la cogí y me levantó del escenario llevándome de la mano a una habitación. Era una especie de salita. No recuerdo los muebles, excepto el sofá verde oscuro en el que directamente Susy se tumbó desnuda y abrió sus piernas regalándome ese chichito chiquitín y lindo para que hiciera con él lo que quisiera.

Me desnudé, me senté entre sus piernas y comencé a acariciárselo despacito, a disfrutar de su suavidad, de esa pelusilla transparente y delicada que lo cubría. Susy comenzó a gemir de inmediato excitándome a mí y le fui metiendo muy de apoquito un dedo y luego dos. Chorreba. Nunca había jugado con un coñito que se mojara tanto; y eso me ponía a mil. Susy seguía gimiendo, se arqueaba casi hasta romperse apretando su coño contra mi mano para que le metiera los dedos más adentro.
No podía aguantar más. Tenía que beberme a Susy . Acerqué mi boca a su rajita y comencé a lamer, a chupar, a sorber, a meterle la lengua dentro todo lo que podía y lamerle por donde ninguna otra chica le había lamido antes. Sus gemidos, sus gritos, sus contorsiones, me excitaban como nunca antes me había excitado nadie. Tenía la piel más suave que había acariciado nunca, el pelo más aterciopelado y fino que había tocado jamás, toda entera olía a coñito limpio y su sabor era dulce como un pastelito. Estaba a punto de correrme a cada segundo y ella todavía no había puesto un dedo sobre mí.
Yo lamía y lamía. Susy gritaba y gritaba. Los gritos eran cada vez más fuertes y más seguidos, hasta llegar a un grito inmenso y hermoso; y de repente, se encogió como un bebé y comenzó a llorar.

-Cielo… ¿qué te pasa? – pregunté asustada.
-Siempre lloro, no puedo evitarlo – contestó entre sollozos y riendo al mismo tiempo.

Me tumbé sobre ella. La abracé, la olí profunda e intensamente, me abandoné a sus sollozos, lamí sus lágrimas, y me causó tanta impresión sentirla llorar de placer que no pude evitar correrme en medio de unos espasmos maravillosos e incontrolables.
Repetimos el mismo ritual por lo menos cinco veces. En el sofá, sobre la alfombra, contra las cortinas. Sin importarme lo que pasaba en el resto de la casa, sin preocuparme de mis amigos, de la hora, de volver a casa… y así estaríamos todavía si no fuera porque de repente se abrió la puerta y allí estaba Paula… eran las cuatro de la tarde.

-Zazel… llevo buscándote toda la mañana – dijo Paula – ¿Vienes a comer?

Y aquí lo dejo… lo que vino después… es otra historia…