Recuerdo que era un dia normal de entre semana; quizás fuera miércoles o jueves. Mucho calor. Un día triste y aburrido, sin nada de especial y sin un duro. A media tarde, recordé que mi amigo Jose me debía ciento veinte euros e inmediatamente lo llamé al móvil:

-Cielo… ¿tienes los ciento veinte que te presté?… estoy sin un duro.
-Si cari… pásate esta noche por el pub y te los doy… ¿vale?… sobre las diez.
-Ok… a las diez estoy allí… un beso.

Tardé solo quince minutos en ponerme algo cómodo; y sin maquillarme siquiera, coger el autobús. Mis planes eran tomarme una copita, cobrar lo mío y volver a casa. Debería de haber previsto que las cosas nunca me salen como las planeo… la puta Ley de Murphy. Una vez en el pub de Jose, después de una copita llegó otra… y otra…

-Jose… venga… dame lo mío que quiero irme prontito a casa.
-Tomate otro chupito y me haces compañía… venga – insistió Jose.
-Venga…

Y tres copitas, cuatro copitas… Cuando quise darme cuenta, estaba en la puerta del pub, apoyada en la pared, con la quinta o sexta copa en la mano, buscando aire fresco y sin la menor intención de volver a casa.
Fué entonces cuando aparecieron. Serían unas veinte chicas; todas con su puntito de alegría etílica y muchas ganas de juerga. Entraron al pub y un minuto después salió Jose:

-Zazel… échame una mano, que acaba de entrar un cumpleaños y tengo el pub a tope.

Ya estaba acostumbrada a ayudar a Jose en algunas ocasiones; así que no hizo falta contestar. Le sonreí y entré detrás de la barra. Dos segundos después, tenía frente a mí, al otro lado, a una preciosidad morena, delgadita y frágil, llena de pecas y con una increíble sonrisa:

-Veinte chupitos de Jack y veinte cervezas… y enróllate con el precio cariño que es mi cumpleaños…

Y me salió del alma. Jose sabía de mis prontos detrás de la barra y me los permitía. Gracias a ellos, algunos clientes se habían hecho fijos.

-Ah… ¿sí?… felicidades… mira, a los veinte chupitos te invito yo.
-¿Qué dices?… ¿En serio? – preguntó con expresión de asombro.
-Claro… mi regalo de cumpleaños.
-Gracias… ¿Cómo te llamas?
-Zazel.
-Yo me llamo Lucía.

Y ni siquiera cuando nos dimos los dos besos de rigor, casi subiéndome a la barra, me imaginé lo que sucedería después; a pesar de que nuestros labios llegaron a rozarse tímidamente y el olor de su pelo me dejo ausente durante un breve pero intenso segundo.
Poco ayudé a Jose a partir de ese momento. Entraba a la barra solo para rellenar los vasos de chupito. Una vez rellenos, volvía a salir y me convertía en la chica número veintiuno del cumpleaños; bailando, bebiendo, riendo… Y así fueron pasando las horas y las chicas se iban despidiendo de Lucía conforme se iban acercando las cuatro de la madrugada. En un breve momento de lucidez, volví por un instante a la realidad y me dí cuenta de que solo quedábamos Lucía y yo para seguir con la fiesta de cumpleaños. Jose ya estaba barriendo y la persiana estaba bajada a la mitad.

-Zazel… ¿os venís con Aurora y conmigo a tomar la última? – me preguntó Jose.
-¿Tu qué dices Lucía? – pregunté.
-Si… claro… me lo estoy pasando genial.

Diez minutos después, estábamos los cuatro en otro local, lleno de gente hasta el techo; tanto, que era imposible dejar el más mínimo espacio entre nuestros cuerpos y me volvió a invadir el olor a miel y tabaco del pelo de Lucía. Entonces me dí cuenta de cuánto habíamos intimado, de hasta qué punto habíamos conectado y me pareció imposible que nos hubiéramos conocido aquella misma noche.

-Zazel… ¿me acompañas al baño? – era la voz de Lucía.

Asentí con la cabeza y con una sonrisa. Entramos las dos juntas, cerramos la puerta y me apoyé en la pared fumando un cigarrillo mientras Lucía se bajaba los vaqueros, las braguitas y se sentaba a hacer pis. Todo normal. Una situación de lo más habitual entre dos chicas que van juntas al servicio: si no fuera porque me había excitado tanto que me costaba respirar.
Y dije algo. No recuerdo exactamente qué. Creo que fue un susurro. Quizás un gemido. Lucía, que en ese momento se estaba limpiando con un trocito de papel, levantó la cabeza y me miró fijamente. Me clavó unos hermosos ojos verdes que brillaban de forma sobrenatural detrás de sus greñas morenas. Se levantó y con las braguitas y los pantalones encadenándole los tobillos, se acercó a mi pasito a pasito dejando caer su cuerpo sobre el mío como si quisiera incrustarme en la pared. Sus manos cogieron las mías y las llevó a sus muslos, a sus nalgas, a su coñito. Se acariciaba convulsivamente con mis manos atrapadas entre las suyas y su piel, mientras nos devorábamos la boca, la lengua, el cuello, las mejillas, las orejas. A pesar de la música, nuestros jadeos sonaban potentes e inmensos; teníamos que dar autenticas bocanadas, como los peces, para poder coger aire entre beso y beso. Y de repente:

-¡Ya está bien… no! – alguien golpeaba la puerta del baño – ¿Salís ya o qué?.

Dios… como son las cosas. Aquel momento increíblemente mágico, se transformó en un instante en una escena cómica cuando abrimos la puerta, mientras Lucía se subía los pantalones y nos dimos de bruces con las caras de aquellas dos rubias, con el ceño fruncido y los ojos como platos.
Salimos del baño riéndonos a carcajadas, cogidas de la mano, comiéndonos la boca a besos a cada cuatro pasos. Cuando llegamos junto a Jose y Aurora, se miraron y nos regalaron una sonrisa de complicidad.

-¿Os venís a mi casa? – nos preguntó Jose – He pillado una cosita y tengo una botella de Jack – y me lanzó un guiño.

Su casa estaba a unos cien metros del local. Los cien metros más largos de mi vida. Pensaba que en cualquier momento no podríamos soportarlo y nos arrancaríamos la ropa en cualquier esquina. Supimos aprovechar los segundos que Jose tardó en abrir la puerta del portal; los segundos que tardó en llegar el ascensor, los segundos que tardamos en llegar al piso; segundos largos y eternos. No sé como pudimos llegar vestidas al sofá y sentarnos una al lado de la otra. Jose y Aurora, de pie frente a nosotras, nos miraban y sonreían de oreja a oreja. Me di cuenta que éramos las dos la misma mezcla de olores, sudor y saliva; que teníamos las manos mojadas del mismo caldito calentito que nos corría por entre las piernas. Olíamos a sexo con mayúsculas. Nos miramos, nos sonreímos, miramos a Jose y Aurora que seguían allí de pie como esperando algo, sin dejar de sonreír; y sin mediar palabra, Lucía se quito la camiseta dejando al descubierto dos pechos pequeñitos y morenos que empecé a lamer mientras nos arrancábamos la ropa.
Comencé a comerle los pezones mientras nos íbamos desnudando con ansia, como fieras; arañando y mordiendo. Estaba deseando estar completamente desnuda para poder rozarme con ella entera, piel con piel; para seguir mezclando nuestro sudor, nuestra saliva, nuestros olores; que juntos creaban otro olor insoportablemente excitante.
En segundos, estábamos las dos completamente desnudas en el sofá, restregándonos como gatas en celo, jadeando, gimiendo de forma salvaje. Jose y Aurora, sonreían, de rodillas, al otro lado de la mesita del café mientras rellenaban los chupitos de Jack y preparaban el regalito; los podía ver por breves instantes por el rabillo del ojo, los dos mirándonos fijamente y con una inmensa sonrisa. Ninguno de los dos me había visto nunca desnuda y mucho menos montando un numerito así. Había perdido la vergüenza por completo, en aquel momento me hubiera dado igual que hubiera habido cien personas viéndome.
Paramos un instante. Teníamos que descansar y recobrar algo de fuerzas , coger algo de aire. Estábamos las dos empapadas en sudor y completamente mojadas, nos sentamos.

-¡Uff!…
-¿Un chupito y un regalito? – dijo Jose.
La sonrisa se le había quedado ya fija en la cara.
-Sssiiiiiiiiii…

Brindamos… nos tomamos el regalito…
Jose, que estaba de rodillas junto a Aurora, se incorporó, la levantó tendiéndole la mano y le deslizó los tirantes del vestido a los lados de los hombros. Cayó hasta sus pies como en cámara lenta. No llevaba sujetador, tan sólo unas braguitas blancas de algodón que ya estaban muy mojadas…
Solo me dio tiempo a pensar:

-¡Diosss, que buena que está!…

Jose empezó a lamerle los pezones, mientras ella le desabrochaba el cinturón y el pantalón. No sé si lo habían hablado antes mientras Lucía y yo nos devorábamos, totalmente ausentes del mundo; pero era un descarado “ahora nos toca a nosotros”…
Lucía y yo nos miramos y fuimos capaces de leernos el pensamiento.
Nos levantamos del sofá y pasando cada una por un lado de la mesita del café, comenzamos a comernos a besos a Aurora mientras ella agarraba y apretaba la polla de Jose, que por un instante perdió la sonrisa pensando que quizá aquella madrugada el sexo iba a ser solo cosa de mujeres.
Literalmente le arrancamos la bragas, sin dejar de acariciarla, besarla , lamerla. Ella se arqueaba hacia atrás, gimiendo como una perra, sin soltar la polla de Jose.
Lucia y yo nos la comíamos; de pie, de rodillas, pasándole la lengua por el culo, entre las nalgas, por los muslos, por el ombligo, por la espalda; como si fuera un helado. Dejando hermosos caminos de saliva que recorríamos las dos, mordiéndole los hombros, el cuello, los pezones, los tobillos, las rodillas… Nos sentíamos como dos lobas devorando una presa, jugando con ella, rodeándola. De vez en cuando, la boca de Lucía y la mía se encontraban, y nos besábamos con ansia, sin dejar de atacar, tocándole el coñito, abriéndole los labios, metiéndole el dedito… la estábamos matando de placer…
Y entonces Jose dijo:

-¡Bueno, ya está bien!… Aurora y yo nos vamos a la habitación, vosotras podéis dormir en la otra.

Realmente tenía cara de enfadado y llegó a pensar que si no cortaba aquello podían pasar las horas siendo un mero espectador; y realmente hubiera sucedido así.
Entramos en la habitación, dónde tan sólo había un colchón en el suelo. Directamente me tumbé boca arriba y Lucía se puso a cuatro patas sobre mí, poniendo su delicado coñito, pequeñito y muy bien depilado en mi boca y comencé a pasarle la puntita de la lengua. Ella hacía lo mismo con el mío; no nos lamiamos, nos estábamos bebiendo. Estábamos tan excitadas que nuestro coñitos habían pasado a un estado líquido permanente.
Y perfectamente coordinadas, de repente, nos relajamos. Toda la excitación de la noche nos había agotado. Pasamos de la euforia a la tranquilidad más absoluta y nos bebíamos despacito, respirando hondo, al compás, con el mismo ritmo. Era como una música deliciosa de gemidos, suspiros, respiración entrecortada; dándonos poquito a poco, contorsionándonos como panteras, sintiéndonos la una a la otra en cada músculo, en cada poro, en los huesos, en cualquier rinconcito de nuestros cuerpos por muy pequeño que fuera. Y al unísono, como un último acorde, corto, seco y potente que marca el final de una sinfonía, nos deshicimos, nos fundimos, nos derrumbamos, nos mezclamos.
Lucía se dio la vuelta, se tumbó a mi lado, se apretó junto a mí y cerramos los ojos.
Serían ya las 8 de la mañana. Había un silencio impresionante. Mi cara hundida en su pelo. Seguíamos respirando al compás y creo que fue la primera vez que realmente experimenté la “Petit Mort ”; porque todo desapareció, todo dejó de existir, ni siquiera sé cuánto tiempo estuve así; abandonada a su olor, pegada a su cuerpo, dejada por completo.
Cuando volví a la vida, Lucía tenía los ojos abiertos, perdidos en los míos. Me sentía como si hubiera despertado de un sueño, como si hubiera estado poseída.

– Me voy a duchar – dije.
-¿Puedo ducharme contigo?
-Claro…

Y nos duchamos en silencio; lavándonos la una a la otra como intentando quitarnos mutuamente lo que cada una tenía impregnado de la otra, con mucha delicadeza.
Cuando salimos del baño, Jose nos estaba esperando en el pasillo.

-¿Qué? – y soltó una pequeña carcajada.

Estábamos las dos desnudas frente a él.

-Anda tortolitas; vestiros mientras preparo un cafelito.

Nos vestimos en silencio. Nos tomamos el café en silencio, mirándonos esquivamente; un poco molestas por la permanente sonrisa de Jose. Aurora seguía durmiendo.
Me puse de pie:

-Bueno… me voy… ¿Me das lo mío Jose?

Jose fué a buscar el dinero. Lucía se levantó, se acercó a mí. Jose salió del cuarto y me dio los 120 euros. Lucía se acercó más hacia mí; adiviné que me estaba pidiendo un beso, un teléfono… un hasta pronto… un nos vemos mañana… Solo la besé.

-Cielo… tengo que coger el bus. – dije, intentando pasar por alto el intercambio de teléfonos.
-Quiero irme contigo… – dijo Lucía.